El Puño Invisible

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Era un lugar común en la vanguardia surrealista francesa condenar todos los vicios de Occidente, su filosofía utilitarista y el mercado. Su líder, André Breton fue un incansable e incorruptible defensor de la liberación del hombre; criticó visceralmente la alienación en la que lo sumergía el capitalismo y la dinámica del trabajo, que según él destruía todo su potencial creativo y artístico nato y lo alejaba de su conexión con la niñez, el mundo pulsional de los sueños y los deseos. Como Breton un sin número de jóvenes artistas, escritores y políticos de finales del siglo IX y todo el siglo XX intentaron cambiar al hombre, y materializar las más disimiles y variopintas utopías; nombres como el de Marcel Duchamp y Tristan Tzara están unidos al de Breton, el surrealismo y el dadaísmo.

En la época en la que todos estos hombres y sus ideas vivieron, los mecanismos de agitación y difusores de ideas predilectos eran el panfleto, el manifiesto y la revista, todos ellos publicados en papel. Imagino todo el proceso de meditación, concepción, escritura, edición, impresión y publicación al cual eran sometidas sus ideas para darles forma y materia. Los imagino distribuyendo todo ese material en las calles y luego esperando el efecto que este podía tener en las personas. Lo cierto, es que después de toda esa alharaca de manifiestos, quedaron muy pocas obras logradas, solo algunas ideas y modas lograron sobrevivir el paso de los años.

En su más reciente libro, titulado El puño invisible: arte, revolución y un siglo de cambios culturales, el escritor Colombiano Carlos Granés señala que los políticos y sus ideas redentoras se vinieron a pique con la caída del régimen comunista soviético, en cambio los artistas asestaron un gran golpe al lograr que muchas de sus ideas y estilos de vida, que en esa época eran transgresores, aún sigan vigentes y frescos. Solo basta echarle un vistazo a algunas tribus urbanas, movimientos o artistas contemporáneos para comprobarlo.

Sin embargo, no lograron materializar esa revolución para el hombre y su modo de vida de la forma que ellos deseaban. El capitalismo absorbió muchas de sus ideas y estereotipos incorporándolos a la publicidad y el mercado. Es interesante ver como en algunos anuncios de Apple aparecen un iPad y unas gafas de pasta rosadas, o que por ejemplo: muchos de los que usan estas gafas y otra clase de indumentaria sofisticada, además tienen un iPhone en su bolsillo, un iPod colgando del cuello y publican un Tweet inteligentemente sarcástico desde su iPad criticando al gobierno de su país, mientras escuchan una sonata de Bach.

En últimas, fueron otros individuos quienes realmente cambiaron al hombre y la forma en que este vive en el siglo que cursa. Algunos vinieron de la academia, otros pertenecieron a movimientos como el Hipismo o simplemente jóvenes universitarios con mucho tiempo libre para pensar. Hablo en particular de personajes como Tim Berners-lee, Steve Jobs o Mark Zuckerberg; el primero creó el lenguaje HTML, el segundo visionó el computador personal y el tercero inventó la red social más grande del mundo en la actualidad. Lo curioso, es que este pequeño manuscrito que acaban de leer fue escrito en una MacBook de Apple, publicado en la Web en formato HTML y compartido con ustedes por Facebook; no fue escrito en papel, la manera en la que quizá Breton, Tzara o Duchamp lo hubieran hecho.

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