Las venas abiertas de la República de Colombia

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Este artículo no pretende ser un análisis exhaustivo y especializado sobre la política tributaria y el tamaño del Estado Colombiano en el siglo XX y parte del XXI. Pretende en cambio, plantear interrogantes de índole moral sobre dos hechos que han sido descritos minuciosamente en el capítulo 6 del libro: Economía Colombiana del siglo XX: un análisis cuantitativo, publicado por los economistas James A. Robinson y Miguel Urrutia en el 2007; el primero es que la carga tributaria de nuestro país, es decir el porcentaje del PIB que proviene de impuestos, ha pasado de representar un 4% en 1905 a un 14% en el 2003 y la segunda que el gasto público, es decir el dinero que se gasta para construir carreteras, hospitales, garantizar la salud y la educación, pagar sueldos de empleados estatales etc., ha pasado del 5% a más del 20% en el 2003. Cabe anotar que los impuestos no son la única manera que tiene el Estado para obtener sus ingresos, pero representan la contribución que el ciudadano hace a este para ayudarlo a cumplir con sus obligaciones constitucionales; existen otras formas de financiación que no son objeto de este análisis. Lo anterior quiere decir que la cantidad de dinero que se ha recaudado de nosotros los contribuyentes y las empresas por parte del Estado Colombiano ha aumentado. Surgen entonces las siguientes preguntas: si el estado Colombiano tiene más dinero ahora que antes y la tendencia de la carga tributaria va en aumento, ¿Por qué tenemos carreteras de mala calidad, salud de mala calidad, educación de mala calidad, sueldos miserables y una calidad de vida por debajo de los estándares moralmente aceptables?

Para responder estas preguntas debemos analizar la situación a partir de hechos concretos y verificables. Además debemos confrontar los hechos que la prensa de investigación seria de nuestro país muestra y que pasan desapercibidos para el ciudadano común (el que paga los impuestos), con hechos ocurridos en otros países en momentos históricos distintos al nuestro. Para el caso particular de este pequeño artículo me interesa hablar sobre dos artículos de opinión publicados por el periodista Daniel Coronell en la revista Semana, uno titulado Debajo de la basura y el otro El amigo secreto. En el primero se muestra como el señor William Vélez pertenece a una élite extractiva de contratistas (de la cual es solo uno de sus muchos representantes), ha amasado una exorbitante fortuna con la realización de contratos de construcción de obras públicas con el estado Colombiano durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. La segunda sobre como Tomás Uribe, el hijo del mencionado expresidente, intermedió para que se diera una reunión entre Miguel y Guido Nule (hoy en la cárcel por robar dinero público) con el representante de la multinacional Odebrech, André Rabello, un delegado del gobierno panameño, Juan Eslava y Leonardo Carreño, socio de los hijos del expresidente. Es con base en esta clase de hechos que suceden en nuestro país que podemos dar respuesta a las preguntas planteadas arriba: el dinero que tributamos no sirve para que el estado Colombiano cumpla sus obligaciones constitucionales, en cambio sirve para que particulares y funcionarios del gobierno construyan grandes fortunas con el erario público.

Lo que he comentado me recuerda y evoca el repudio que la filósofa y escritora Ayn Rand sentía hacia el estado y la moral que este muchas veces representó durante la construcción de los primeros ferrocarriles en Estados Unidos, en Colombia carreteras. Tengo la sensación de que al escribir sus Notas sobre la empresa libre Estadounidense, en la cual critica duramente el hecho de que las vías de ferrocarril construidas por el Estado y sus contratistas solo habían sido una excusa para robar dinero público y no para contribuir al desarrollo del país en el siglo XIX, no solo muestra un hecho que ocurrió en el Estados Unidos de esa época, sino también en cualquier país que comienza un proceso de crecimiento de su maquinaria estatal y de su capacidad de recaudar impuestos. Es posible que el papel heroico que esta escritora le da a la iniciativa privada comprometida y a la libre empresa con el progreso de los países en ese ensayo, no se aplique del todo a Colombia, aquí el sector privado en cierta proporción se asocia con los políticos para robarle al estado y los contribuyentes; las investigaciones de Daniel Coronell lo evidencian. Tal vez como decía Karl Popper en sus Conjeturas y refutaciones, el Estado aunque es un mal menor, debe existir para garantizar los derechos y libertades de los individuos e impedir que el fuerte haga daño al débil. Para garantizar los derechos y libertades de los individuos debe existir la propiedad privada y una oferta mixta de servicios, es decir pública y privada, que garantice la educación, la salud, infraestructura vial, entre otros. Posiblemente el crecimiento del estado en Colombia no sea el problema, es posible que el problema real sea la falta de moral de los políticos y algunos empresarios y la falta de control por parte de los ciudadanos en las urnas. Sin embargo entre todas estas incertidumbres hay algo claro y verificable, el dinero que se roban los políticos y los contratistas del estado, son las venas abiertas de la República de Colombia.

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LA CRISIS IDEOLÓGICA EN LA POLÍTICA COLOMBIANA

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El pasado 9 de marzo se dieron las elecciones parlamentarias en Colombia siendo una vez más testigos de como la política y democracia colombianas van muriendo lentamente de una enfermedad que la agobia crónicamente.
Los resultados evidenciados revelan el nivel de degradación al que ha llegado el ejercicio político en este país. Es así como vemos que entre los “ganadores” existen 26 congresistas con investigaciones abiertas por vínculos paramilitares, lo que correspondería a un 25% de la totalidad del senado. Si tenemos en cuenta que en los tiempos en que estalla el escándalo de la “parapolítica” se estimaba que estos vínculos se presentaban en un 39% de los parlamentarios, vemos como el panorama no ha cambiado mucho.

El problema es grave, ya que su consecuencia directa es que la población hoy en día mira no solo a la clase sino a la actividad política con recelo y desconfianza, lo cual se traduce en el absentismo observado el pasado 9 de marzo. Los ciudadanos sienten de manera generalizada que no existe representación para ellos en el juego político, ante lo cual no sorprende que estén dispuestos a vender su voto a cambio de retribución monetaria.
Pero, ¿cuál es la enfermedad que aqueja al sistema político y al ciudadano como tal? Es de común creencia que el mal principal es la corrupción, sin embargo esta respuesta es muy simplista, ya que esta es una consecuencia y no el problema principal.

El problema principal, la enfermedad que carcome al ejercicio político es la falta de identidad ideológica con los preceptos propios de cada partido. La política colombiana no es hoy en día esa actividad noble, destacada por la oratoria, el debate y la confrontación de ideas. No es ese ambiente en donde la mente humana a través de la palabra construye y moldea la sociedad. La política colombiana es hoy en día todo menos democrática. No es más que un chiste. Por un lado tenemos al partido conservador dividido entre apoyar un candidato conservador propio y un candidato presidente el cual no transmite ninguna identidad política y por el otro a los llamados liberales escogiendo un procurador de estirpe conservadora y de ultraderecha hasta el tuétano. Esto es solo por citar un ejemplo.

La política colombiana está carente de sentido filosófico pero sobre todo de contenido moral. Hoy en día el ejercicio político colombiano no es más que un conjunto de individuos que juegan con la reglas y recursos nacionales para beneficio propio. Pero, ¿cuál es la manera de remediar esto?
El ciudadano, como pieza fundamental e individual de la sociedad, debe ser el centro y objetivo de cualquier reforma. La única manera de hacerlo es mediante la educación. Una educación que le enseñe a identificar sus ideas, por muy pre-fabricadas o rudimentarias que sean, con un orientación política. Una educación que le enseñe vías de rendición de cuentas, y de exigencias para con el personaje electo. Pero sobre todo una educación que devuelva la moral a la política, y que devuelva al ciudadano el respeto por el ejercicio político y que a su vez prevenga el compromiso de su voz democrática ante el mejor postor, que su compromiso sea únicamente con los valores democráticos y políticos con los que se identifique. Solo de esta manera se curará la política colombiana.

¿Es utópica esta declaración? Es posible. Sin embargo, es prudente afirmar que el ciudadano no ha perdido en el fondo ese deseo de identidad, ese deseo de representación y cambio. La mejor manera de observarlo es ver el fenómeno que representan ciertos personajes que se basan en la forma y no en el contenido del discurso, posando como caudillos redentores que despiertan pasiones y polarización en la población. Paradójicamente, son los peores candidatos los que identifican esta necesidad.