Jorge Luis Borges y la vanguardia

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El 2 de diciembre de 1938 el escritor argentino Jorge Luis Borges escribió un artículo titulado: Un caudaloso manifiesto de Breton. Este artículo fue publicado en la revista El hogar (su equivalente contemporáneo: la revista Caras) y era una crítica fuerte y directa a las vanguardias artísticas de la primera mitad del siglo XX y en particular a la vanguardia surrealista comandada por el artista André Breton, la causa del manuscrito de Borges era sin lugar a dudas la publicación del Manifiesto por un arte revolucionario independiente. Este manifiesto había sido publicado el 25 de Julio de 1938 por André Breton, el muralista mexicano Diego Rivera y el político y pensador ruso Leon Trotsky en el marco de la primera y última visita de Breton a México, la cual ocurrió entre el 18 de Abril y el 1 de Agosto de ese año.

El telón de fondo de estos acontecimientos eran las purgas que venía realizando el partido comunista ruso en cabeza de Stalin. El manifiesto condenaba el totalitarismo del régimen comunista y la subordinación que varios intelectuales y artistas profesaban al indiscutible líder político de la revolución. En ese año convulso, los artistas reunidos en México proponían la creación de un movimiento internacional (Federación Internacional del Arte Revolucionario Independiente), el cual participaría consciente y activamente en la preparación de la revolución. Meses después de estos acontecimientos, en Buenos Aires frente a su máquina de escribir Borges finalizaba su artículo de opinión escribiendo: ¡Pobre arte independiente el que premeditan, subordinados a pedanterías de comité y a cinco mayúsculas!, entenderán ustedes que estas cinco mayúsculas deletreaban irónicamente el nombre del movimiento: F.I.A.R.I.

Ahora bien, en el fondo de esta controversia, aparentemente trivial se esconde un dilema fundamental de la condición humana y de la sociedad moderna en que vivimos y que inevitablemente habrá rondado en la cabeza de ustedes mis lectores en algún momento de la efímera existencia que nos une. El dilema, expuesto como una cuestión académica y en forma de pregunta es el siguiente: ¿Debe ser el arte un instrumento político y económico o un fin en sí mismo? Expuesto de manera profana y a manera de pregunta: ¿Debe ser la vida de cada individuo un instrumento político y económico o un fin en sí mismo? La respuesta a esta pregunta es difícil si la ponemos en el contexto colectivista de nuestra época, ya que no es ningún secreto que para poder sobrevivir en el mundo de hoy, debemos participar de la economía y de la política de unos entes abstractos llamados países y de otro ente más abstracto aún llamado mundo globalizado; esto ocurre de manera obligatoria. Sin embargo, si la ponemos en el contexto de la mente de cada individuo, un ente concreto (en estos momentos escuchan su propia voz leyendo este manuscrito), la respuesta es más sencilla: la vida y el arte no son unos instrumentos, son un fin en sí mismos.

Desde que leí el artículo de Borges, no he dejado de imaginar al joven escritor de 39 años que en esa época fue y que en su casa de Buenos Aires, en su escritorio y frente a su máquina de escribir redactaba un manuscrito serio y desbordante de inteligencia para una revista frívola que estaba fuera del mapa de la intelectualidad de la época. Como si lo escribiera para sí mismo, impulsado quizá por la necesidad moral de expresar sus ideas, o mejor: por el solo placer de expresarlas.

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El Puño Invisible

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Era un lugar común en la vanguardia surrealista francesa condenar todos los vicios de Occidente, su filosofía utilitarista y el mercado. Su líder, André Breton fue un incansable e incorruptible defensor de la liberación del hombre; criticó visceralmente la alienación en la que lo sumergía el capitalismo y la dinámica del trabajo, que según él destruía todo su potencial creativo y artístico nato y lo alejaba de su conexión con la niñez, el mundo pulsional de los sueños y los deseos. Como Breton un sin número de jóvenes artistas, escritores y políticos de finales del siglo IX y todo el siglo XX intentaron cambiar al hombre, y materializar las más disimiles y variopintas utopías; nombres como el de Marcel Duchamp y Tristan Tzara están unidos al de Breton, el surrealismo y el dadaísmo.

En la época en la que todos estos hombres y sus ideas vivieron, los mecanismos de agitación y difusores de ideas predilectos eran el panfleto, el manifiesto y la revista, todos ellos publicados en papel. Imagino todo el proceso de meditación, concepción, escritura, edición, impresión y publicación al cual eran sometidas sus ideas para darles forma y materia. Los imagino distribuyendo todo ese material en las calles y luego esperando el efecto que este podía tener en las personas. Lo cierto, es que después de toda esa alharaca de manifiestos, quedaron muy pocas obras logradas, solo algunas ideas y modas lograron sobrevivir el paso de los años.

En su más reciente libro, titulado El puño invisible: arte, revolución y un siglo de cambios culturales, el escritor Colombiano Carlos Granés señala que los políticos y sus ideas redentoras se vinieron a pique con la caída del régimen comunista soviético, en cambio los artistas asestaron un gran golpe al lograr que muchas de sus ideas y estilos de vida, que en esa época eran transgresores, aún sigan vigentes y frescos. Solo basta echarle un vistazo a algunas tribus urbanas, movimientos o artistas contemporáneos para comprobarlo.

Sin embargo, no lograron materializar esa revolución para el hombre y su modo de vida de la forma que ellos deseaban. El capitalismo absorbió muchas de sus ideas y estereotipos incorporándolos a la publicidad y el mercado. Es interesante ver como en algunos anuncios de Apple aparecen un iPad y unas gafas de pasta rosadas, o que por ejemplo: muchos de los que usan estas gafas y otra clase de indumentaria sofisticada, además tienen un iPhone en su bolsillo, un iPod colgando del cuello y publican un Tweet inteligentemente sarcástico desde su iPad criticando al gobierno de su país, mientras escuchan una sonata de Bach.

En últimas, fueron otros individuos quienes realmente cambiaron al hombre y la forma en que este vive en el siglo que cursa. Algunos vinieron de la academia, otros pertenecieron a movimientos como el Hipismo o simplemente jóvenes universitarios con mucho tiempo libre para pensar. Hablo en particular de personajes como Tim Berners-lee, Steve Jobs o Mark Zuckerberg; el primero creó el lenguaje HTML, el segundo visionó el computador personal y el tercero inventó la red social más grande del mundo en la actualidad. Lo curioso, es que este pequeño manuscrito que acaban de leer fue escrito en una MacBook de Apple, publicado en la Web en formato HTML y compartido con ustedes por Facebook; no fue escrito en papel, la manera en la que quizá Breton, Tzara o Duchamp lo hubieran hecho.

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