LA CRISIS IDEOLÓGICA EN LA POLÍTICA COLOMBIANA

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El pasado 9 de marzo se dieron las elecciones parlamentarias en Colombia siendo una vez más testigos de como la política y democracia colombianas van muriendo lentamente de una enfermedad que la agobia crónicamente.
Los resultados evidenciados revelan el nivel de degradación al que ha llegado el ejercicio político en este país. Es así como vemos que entre los “ganadores” existen 26 congresistas con investigaciones abiertas por vínculos paramilitares, lo que correspondería a un 25% de la totalidad del senado. Si tenemos en cuenta que en los tiempos en que estalla el escándalo de la “parapolítica” se estimaba que estos vínculos se presentaban en un 39% de los parlamentarios, vemos como el panorama no ha cambiado mucho.

El problema es grave, ya que su consecuencia directa es que la población hoy en día mira no solo a la clase sino a la actividad política con recelo y desconfianza, lo cual se traduce en el absentismo observado el pasado 9 de marzo. Los ciudadanos sienten de manera generalizada que no existe representación para ellos en el juego político, ante lo cual no sorprende que estén dispuestos a vender su voto a cambio de retribución monetaria.
Pero, ¿cuál es la enfermedad que aqueja al sistema político y al ciudadano como tal? Es de común creencia que el mal principal es la corrupción, sin embargo esta respuesta es muy simplista, ya que esta es una consecuencia y no el problema principal.

El problema principal, la enfermedad que carcome al ejercicio político es la falta de identidad ideológica con los preceptos propios de cada partido. La política colombiana no es hoy en día esa actividad noble, destacada por la oratoria, el debate y la confrontación de ideas. No es ese ambiente en donde la mente humana a través de la palabra construye y moldea la sociedad. La política colombiana es hoy en día todo menos democrática. No es más que un chiste. Por un lado tenemos al partido conservador dividido entre apoyar un candidato conservador propio y un candidato presidente el cual no transmite ninguna identidad política y por el otro a los llamados liberales escogiendo un procurador de estirpe conservadora y de ultraderecha hasta el tuétano. Esto es solo por citar un ejemplo.

La política colombiana está carente de sentido filosófico pero sobre todo de contenido moral. Hoy en día el ejercicio político colombiano no es más que un conjunto de individuos que juegan con la reglas y recursos nacionales para beneficio propio. Pero, ¿cuál es la manera de remediar esto?
El ciudadano, como pieza fundamental e individual de la sociedad, debe ser el centro y objetivo de cualquier reforma. La única manera de hacerlo es mediante la educación. Una educación que le enseñe a identificar sus ideas, por muy pre-fabricadas o rudimentarias que sean, con un orientación política. Una educación que le enseñe vías de rendición de cuentas, y de exigencias para con el personaje electo. Pero sobre todo una educación que devuelva la moral a la política, y que devuelva al ciudadano el respeto por el ejercicio político y que a su vez prevenga el compromiso de su voz democrática ante el mejor postor, que su compromiso sea únicamente con los valores democráticos y políticos con los que se identifique. Solo de esta manera se curará la política colombiana.

¿Es utópica esta declaración? Es posible. Sin embargo, es prudente afirmar que el ciudadano no ha perdido en el fondo ese deseo de identidad, ese deseo de representación y cambio. La mejor manera de observarlo es ver el fenómeno que representan ciertos personajes que se basan en la forma y no en el contenido del discurso, posando como caudillos redentores que despiertan pasiones y polarización en la población. Paradójicamente, son los peores candidatos los que identifican esta necesidad.